BANG BANG ZINEMA: 10 AÑOS COMPARTIENDO OSCURAS EMOCIONES

Desde que tengo uso de razón, siempre quise ser un gánster” Así comienza una de mis películas favoritas: “Uno de Los nuestros” (Goodfellas, 1991). Una película donde los villanos tienen claro su código de conducta: “La gente honrada que se mataba en trabajos de mierda por unos sueldos de miseria, que iba a trabajar en metro cada día y pagaba sus facturas estaba muerta. Eran unos gilipollas. No tenían agallas. Si nosotros queríamos algo lo cogíamos y si alguien se quejaba dos veces le dábamos tal paliza que jamás volvía a quejarse. Era una rutina tan simple que ni siquiera lo pensábamos” Cuestionable, objetable, ¿seductor?

Fue Alfred Hitchcock el que afirmó que una película vale lo que vale su villano. A mí siempre me han fascinado. Los héroes suelen ser predecibles y muchas veces aburridos. A los malos y a las malas les está permitido todo; los buenos, en cambio, tienen que moverse dentro de los límites que les impone la moral de la historia. 

El cine es un medio donde héroes y heroínas brillan con luz propia, pero son los villanos los que hacen que las historias cobren vida. No son simples antagonistas, sino los arquitectos de la trama. No son la simple encarnación del mal, sino personajes complejos, a veces con motivaciones profundas para sus acciones. ¿Qué los lleva a ser quiénes son? ¿Cuál es su historia? Son la clave de bóveda para el desarrollo de los personajes protagonistas, para que se superen, para que su triunfo sea más satisfactorio para el público.

Es probable que esa fascinación que sentimos por ese lado oscuro tenga una explicación en el hecho de que el cine nos permite explorar nuestros propios recovecos emocionales a través de los personajes. Los villanos nos permiten experimentar cierta catarsis afectiva. Nos hacen confrontar nuestros propios miedos y oscuridades de manera segura y controlada, desde el sillón de un cine o el sofá. En cierto modo, el cine de villanos es una experiencia terapéutica, una liberación de desasosiegos controlada.

Algunos villanos se convierten incluso en verdaderos iconos culturales. Trascienden la pantalla y se arraigan en la memoria colectiva. Qué podemos decir de Hannibal Lecter (“El silencio de los corderos” The silence of the lamb, 1991), brillante, encantador, aterrador, un personaje que ha atrapado la imaginación popular como pocos. O Jonh Doe (“Seven”, 1995), ese instrumento de Dios que quiere redimir a la humanidad de sus pecados, que escribe miles de páginas en cuadernos que nadie lee, y que nos regala uno de los finales más impactantes de la historia del cine. Cómo no, Jack Torrance (“El resplandor” The shining, 1980), todo un pilar del género de terror, un personaje que encarna la complejidad de la naturaleza humana y cuyo legado en la cultura popular es indudable. Por qué no mencionar también a Kayser Söze (“Sospechosos habituales” The usual suspects, 1995), a quien la leyenda identifica con el mismísimo diablo, protagonista absoluto, invisible y omnipresente. 

La lista es larga. Pero no hay duda de que el impacto estos personajes es tan poderoso que a menudo los recordamos tanto o más que a los propios héroes de la historia. Siendo consciente de que es imposible detenernos en todos y de que cualquier selección es personal, temporal y aleatoria, sólo propongo una breve antología de las apariciones más memorables.

En primer lugar, repasando el historial de las películas proyectadas en estos diez años, hay que confesar que las mujeres malas no han tenido una presencia destacada en nuestra cartelera. En nuestra defensa hay que decir que, en las décadas a las que nos ajustamos a la hora de seleccionar películas, todavía tenían mucha carga los estereotipos consolidados durante años en la historia del cine. La mayoría de las películas se han regido por el orden de representación patriarcal que ha relegado a las mujeres a roles de buenas (santas y puras) y malas (pérfidas y manipuladoras). Las buenas interesan menos y a menudo están limitadas a ser el trofeo del héroe, mientras que las malas eran castigadas por subvertir ese orden social. Sin embargo, han ido conquistando protagonismo y ofreciendo nuevas posibilidades de identificación. Cada vez encontramos más villanas que ni esperan, ni son trofeo de nadie, y que dan rienda suelta a su ambición y sus deseos, en un ejercicio de poder jamás imaginado por princesas y doncellas.

En cualquier caso, aquí rescato en primer lugar a esa pareja de asesinas compuesta con O-Ren Ishii y Elle Driver (“Kill Bill”, 2003-2004). O-Ren exmiembro del Escuadrón Asesino Víbora Letal, luego reconvertida «la Reina del inframundo de Tokio». Durante su infancia su casa es asaltada por unos asesinos. Sus padres son asesinados y ella sobrevive escondiéndose debajo de la cama. Por supuesto llega la venganza posterior contra el pedófilo responsable del asesinato de sus padres, que acaba destripado. Con su venganza completada, O-Ren usa su furia para convertirse en asesina profesional. Por su parte, Elle Driver, amante de Bill y principal némesis de La Novia, tras la supuesta muerte de ésta, fue estudiante de Pai Mei. Alumna díscola, tras insultar al maestro, este le arranca un ojo. Aquí también llega la justa venganza y Elle envenena el plato favorito del Pai Mei, matándolo. El final de Elle es ciertamente notorio, con una pelea dentro de una furgoneta, en un duelo en el que Beatrix lleva a cabo un movimiento sorpresa arrancando rápidamente el ojo restante de Elle con su mano libre. 

Pero si hablamos de malas que han pasado por Bang Bang, a pesar de ser ya una referencia recurrente, no podemos dejar de mencionar a Sharon Stone, que primero nos regaló un breve pero destacado papel en “Desafío Total” (Total Recall, 1990), interpretando a Lori Quaid, la “esposa” de Arnold Schwarzenegger. Sharon Stone devora la pantalla con su aparición y de allí surgió la siguiente colaboración con Verhoeven en 1992 en la película que la lanzaría definitivamente al estrellato, Instinto Básico” (Basic instinct, 1992). Catherine Tramell, la femme fatale definitiva que dinamitó las esencias de la masculinidad patriarcal y vengó a todas sus antecesoras ofreciendo nuevas posibilidades de identificación en una historia de sexualidad, violencia, pasión y sangre que nos marcó definitivamente. El polvo del siglo, los espejos en el techo, que te aten a una cama, picar hielo con un punzón… forman parte de la educación sexual del público de la década de los noventa y de décadas posteriores. “Instinto básico” fue un polémico picahielos contra la representación de la sexualidad femenina. 

En el lado opuesto está la presencia masculina, aquí hay mucho donde elegir. Entre tanto personaje malvado es difícil hacer una selección, pero puestos a configurar alguna no tengo dudas con mi número uno: Hans Gruber “La jungla de cristal” (Die Hard, 1988). Alan Rickman fue un actor extraordinario provoque llegó del mundo del teatro. Cuando Rickman analizaba su papel en “La Jungla de cristal” afirmaba: «No soy el malo de la película. Solo una persona que quiere ciertas cosas, toma ciertas decisiones y va detrás de ellas». Su Gruber es un antagonista fabuloso, un ladrón que ha planeado disfrazar su gran robo como un golpe terrorista a modo de distracción. Un personaje que no tiene un pasado dramático con el que justificar sus acciones, pero sí un propósito, alguien que anda siempre varios pasos por delante de todo el mundo. La caracterización de Rickman es perfecta: un personaje temible pero reposado, alguien sofisticado a pesar de estar al cargo de un grupo de tarados, una persona con vocabulario educado, movimientos estudiados y carisma a raudales. 

Otros dos villanos que han pasado por Bang Bang y que me deslumbraron con su (imprevisible) personalidad son Gaear Grimsrud (Peter Stormare) y Carl Showalter (Steve Buscemi) (“Fargo”, 1996). Una pareja de auténticos tarados. Steve Buscemi que a medida que avanza la historia va mostrando su lado más psicótico, y Peter Stormare como sociópata de libro, protagonista de una icónica imagen (también icónica en nuestro photocall) intentando deshacerse de una pierna en una picadora de serrín.

Pero no quiero abandonar esta galería sin una mención de honor para uno de los tipos más perturbadores que han pasado por la pantalla del Principal: Tommy DeVito. Personaje emblemático donde los haya. Joe Pesci hace un trabajo descomunal convirtiéndose en el protagonista de los momentos más memorables y violentos de la película. La escena con Ray Liotta: “¿Te parezco gracioso”? ya es parte de la historia del cine

Como conclusión. Los villanos y las villanas en el cine son mucho más que simples antagonistas; son diseñadores de la oscuridad que moldean nuestras emociones y desafían a los héroes y heroínas de la historia. Pero cuidado con tomarse todo esto muy en serio, porque su existencia pocas veces tiene un final feliz. Valga un ejemplo. Vuelvo al comienzo, con “Uno de los nuestros”, película cuya narración juega con el recuerdo y la nostalgia de una época irremediablemente perdida, pero con la lucidez de constatar el momento donde todo se echó a perder. Recordemos ese plano significativo en el que vamos viendo uno a uno a todos los compañeros de Jimmy Conway (Rober de Niro) que han sido eliminados mientras escuchamos «Layla» de fondo hasta llegar a la escena final. Henry Hill: “Nada más llegar aquí pedí spaguettis con salsa marinara y me mandaron macarrones con kétchup. Soy un Don Nadie. Y tengo que vivir el resto de mi vida como un gilipollas”.

Deja un comentario