OSCARS 2015: WHIPLASH

Es complicado para mí hablar de Whiplash sin dejarme llevar por el entusiasmo. Y además creo que no debo hacerlo.

Cuando una película te emociona de la manera que la cinta de Damien Chazelle lo hizo conmigo, lo único que puedes hacer es recomendarla de manera vehemente. Si con eso consigues que un espectador más pague la entrada, se siente en la butaca y siga el ritmo de la batería golpeando con las manos en las rodillas, algo habrás hecho bien.

La historia de Whiplash no es especialmente original, de alguna manera es llevar al límite aquella frase que Fama hizo tan popular: “La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor”. El matiz es que en Whiplash añadiríamos también: “y sangre”.

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Sin desvelar demasiado, diremos que la película nos cuenta la historia de Andrew, un joven baterista, y su relación con Fletcher, un profesor de la escuela de música más prestigiosa de los EEUU.

Y con esta premisa tan sencilla, Chazelle, que además de dirigir la película escribe el guión, nos sienta en una montaña rusa emocional en la que los momentos de tensión se suceden y no dejan un instante de respiro, pues hasta en el momento más tranquilo, como por ejemplo una cena, acaba convirtiéndose en una escena incómoda y llena tensión.

En alguna entrevista Chazelle ha comentado que hay mucho de sí mismo en la historia, y eso se nota. Es fácil ver que la emoción y tensión provienen de un libreto en el que el autor ha puesto el corazón. Esta pasión ha sido reconocida por la Academia que ha nominado la película a Mejor Guión Adaptado, lo que es un logro teniendo en cuenta el cambio que tuvo que hacer en su campaña. Hasta pocas semanas antes de las votaciones, Whiplash optaba a Mejor Guión Original, pero tuvo que cambiar de categoría al estar basado en un corto anterior del propio Damien Chazelle.

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El tema más importante en el que ahonda el guión es el rechazo al conformismo, que vemos representado en el personaje del padre, un escritor frustrado, resignado a trabajar como profesor de instituto, que en todo momento intenta proteger a su hijo del riesgo de sufrir una decepción como la que imaginamos sufrió él. Y sin embargo, en una decisión de guión que ha recibido muchas críticas, Andrew se rebela y decide elegir el camino del sufrimiento para intentar llegar a ser la persona que anhela ser. Está dispuesto a renunciar a una vida feliz para intentar hacerse un hueco en la historia de la música, en contra de la tónica de su familia, que celebra la mediocridad y la falta de ambición. La película no trata de celebrar el abuso o el maltrato. Trata de un adulto que no se resigna a ser un esclavo más y que se enfrenta a las frustraciones en vez de evitarlas, con el único propósito de ser quien quiere ser.

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Dentro de los apartados técnicos también ha sido reconocida en diferentes categorías, como el sonido, que es apabullante en todas las escenas en que la música está presente, ya sea a modo de ensayo o concierto; o como el montaje, que sólo podríamos denominar como titánico. Destaca especialmente la escena con los tres baterías, y no cuento más. Una pena que no le hayan hecho un hueco entre las nominadas a la Mejor Fotografia, pues Whiplash destaca por captar cada detalle intercalando preciosos primeros planos de actores, instrumentos y partituras.

Las interpretaciones de los actores son asimismo prodigiosas. Desde los primeros pases de la película en el festival de Sundance en enero de 2014, no han cesado las alabanzas hacia el reparto, con especial énfasis en el co-protagonista de la película: J. K. Simmons.

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Los que ya éramos fans del intérprete no hemos podido evitar sentirnos satisfechos por el reconocimiento de un actor que lleva brillando muchos años, tanto en cine como en televisión. En la pequeña pantalla destaca su trabajo como sádico y temido miembro de la Hermandad Aria en la prisión de Oz, o como el complejo Jefe de Policía en The Closer, donde interpretaba a un personaje que navegaba siempre entre las distintas vertientes de su puesto. En cine es conocido sobre todo por su papel secundario de J. J. Jameson en la franquicia original de Spiderman. Es precisamente ese tipo de papeles los que le han llevado a convertirse en un actor de reparto recurrente para muchos directores, como Jason Reitman, que lo ha convertido en su actor fetiche, o los Coen, que han contado con él en más de una ocasión.

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Si por algo destaca el trabajo de J. K. Simmons en Whiplash es por conseguir humanizar un personaje que podría resultar caricaturesco, confiriéndole matices en gestos y miradas que añaden una dimensión extra a cada linea del guión. Viendo la intensidad de sus escenas no queda duda de que cada día después del rodaje el actor debía de arrastrarse hasta su lugar de descanso y recobrar fuerzas para la siguiente jornada. Pero ahora ya sólo le queda un último esfuerzo: subir las cuatro escaleras que separarán su butaca del escenario donde recogerá su merecido premio. Sí, éste lo doy por seguro.

Ante la fuerza de esta interpretación, el resto de los secundarios, aun estando estupendos, quedan eclipsados. De todos modos, sería injusto no mencionar a Melissa Benoist, objeto de deseo del protagonista, que consigue destacar gracias a la magnifica química que comparte con Andrew; o a Paul Reiser como el protector padre.

Y por fin llegamos a Miles Teller, el actor que interpreta a Andrew, el protagonista, un joven actor que consigue hacernos vibrar y sufrir con cada una de sus experiencias, hasta dejarnos exhaustos e inquietos tras el clímax de la película.

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Tener enfrente a un gran actor en el papel de su vida tiene que intimidar, y sin embargo Teller se crece y realiza una interpretación puramente física y sin ningún tipo de limite. La inmersión en el personaje es tal, que llegado un momento olvidas que estás viendo un personaje de ficción y sufres con cada fracaso, con cada cada crítica, con cada herida, como si el que las estuviera padeciendo fuera una persona de carne y hueso.

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Ver esta película me ha hecho recordar que hace unos cuantos años, en el Azkena Rock Festival, presencié el solo de batería que interpretó Joey Castillo con los Queens of Stone Age, y que debido a la intensidad finalizó dejándose caer sin aliento sobre los tambores y platillos empapado en sudor. Bien, eso es Whiplash durante sus 107 minutos.

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