UN CUENTO NADA INOCENTE

Los cuentos clásicos, a diferencia de lo que puede pensarse en un primer momento, no son para nada un género blanco y candoroso. El que los asociemos (erróneamente) al público infantil puede ser una de las razones de ese despiste. Pero antes de que la corrección política campara a sus anchas, los cuentos exponían con frecuencia una crítica social de fondo. Basta recordar, por ejemplo, el relato del Rey desnudo, uno de mis favoritos (“El traje nuevo del Emperador”, de Hans Christian Andersen).

Eduardo Manostijeras (1990) se presenta ante el espectador como un cuento, y mantiene ese aire y esa estructura a lo largo de todo el metraje, muy especialmente al comienzo y al final, para dejar claro el marco narrativo. Inspirada en parte en los mitos de Frankenstein y la bella y la bestia, la película de Tim Burton es un maravilloso cuento moderno, llamado a convertirse en un clásico del género.

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Burton mezcla con maestría lo fantástico, el terror gótico, el humor y una sentimentalidad naif muy marca de la casa, pero todo ello sin olvidar ese fondo de crítica social propio de los cuentos. En este caso, el dardo va dirigido a la American beauty de tonos pastel de una comunidad en apariencia feliz, pero que en realidad vive atrapada, como diría el Ignatius C. Reilly de La conjura de los necios, “en la trama claustrofóbica de los tópicos”.

La llegada de Eduardo trastoca esta falsa armonía y deja al descubierto las frustraciones ocultas. En un mundo uniforme y previsible, donde todo es igual a sí mismo (las casas, los coches, los peinados, la ropa, las ideas), Eduardo encarna lo distinto, lo otro. Es un elemento perturbador, que tras ser observado con una mezcla de curiosidad y rechazo se convierte en seguida en objeto de deseo, en este caso, además, literalmente.

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En una comunidad compuesta sólo por mujeres (aparte de la pandilla de adolescentes, el único hombre adulto que vemos es el padre de Kim-Wynona), la atracción que Eduardo despierta funciona como símbolo de la insatisfacción provocada por un modo de vida que hasta ese momento no se había puesto en cuestión. Y que, conviene señalarlo, anula sobre todo a la mujer, recluida en las tareas domésticas, la crianza de los hijos y el chismorreo. No es casual que quien introduce en la pequeña comunidad a Eduardo sea una mujer que sí trabaja, Peg Boggs, la madre de Kim, interpretada por la siempre soberbia Dianne Wiest.

Los Boggs se nos presentan como una familia un tanto distinta al resto, y por eso mismo más receptiva a la diferencia. Ellos serán quienes acojan y traten de integrar a Eduardo en la comunidad. Por su puesto, las cosas no saldrán bien, y esa imposibilidad final para conseguir que el artístico y sensible Eduardo pueda convivir con la estrechez de miras de su nuevo entorno es otro de los núcleos de la historia, una variante del mito romántico del artista inadaptado, cuyo intento de vivir según las reglas generales está abocado al fracaso, e incluso a un final trágico. También es un recordatorio de lo destructiva que puede ser la comunidad con todo aquél que no encaja.

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Eduardo finalmente debe volver a la apartada soledad de la que vino, y la comunidad replegarse en sus lugares comunes. Pero ni el uno ni la otra serán ya los mismos. De ahí surge el poso de tristeza y melancolía tan burtoniano que nos deja este cuento nada inocente.

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