JACK VUELVE A CASA POR NAVIDAD

Verás, cuando algo pasa quedan huellas. Es como el olor a quemado. Y tal vez cosas que han pasado dejan otro tipo de huellas. No cosas que la gente advierta pero cosas que los que “resplandecen” sí ven. Como también pueden ver cosas que aún no han pasado y cosas que ocurrieron hace mucho tiempo.

Stanley Kubrick rodó “The Shining” (El Resplandor, 1980) buscando un film con el que resarcirse de alguna manera del fracaso de “Barry Lyndon” (1975). De la mano de la escritora Diane Johnson, escribió un guión basado en la tercera novela que había publicado Stephen King, un escritor llamado a ser un referente en la literatura de terror. Pero Kubrick, igual que Sinatra, hacía las cosas “a su manera”, y en esta ocasión transformó la novela de King hasta el extremo de hacer que el escritor renegara de la adaptación al cine.

En cualquier caso lo cierto es que la película acabó convirtiéndose en una referencia en el cine de terror.

El poder de la imagen de Kubrick creó, además de una atmósfera opresiva, algunas de las escenas más impactantes del cine de las últimas décadas. El mérito es aún mayor cuando, a diferencia de lo habitual en el género, el director no se refugia en la oscuridad para provocar miedo o tensión. Pocas veces en la historia del cine una simple escena como un niño montado en un triciclo, paseando por los pasillos de un hotel, provocó un suspense tan extraño, tan inquietante y tan sobrecogedor. Además lo hizo sin recurrir a monstruos ni amenazas externas. El miedo está en nosotros mismos. En nuestra propia familia, en nuestra propia memoria, en nuestra historia y la propia dualidad que nos conforma como seres humanos.

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Respecto al argumento, a estas alturas parece bastante innecesario hablar del mismo. Jack Torrance, maestro de escuela aspirante a escritor, decide aceptar un trabajo de mantenimiento en el hotel Overlook de Colorado, que se cierra al público durante seis meses en invierno. Se traslada allí con su mujer y su hijo con la intención de aprovechar el aislamiento para escribir un libro.

En esta familia, en un entorno que debería ser seguro, es donde se introducen las fuerzas maléficas que atrapan a ese escritor en un escenario de hotel laberíntico. En este aspecto, la película tiene una relevancia notable, porque mezcla el relato de las posesiones, con el ataque a la institución familiar. El hogar amenazado. Un argumento que ha sido tratado en el cine en numerosas ocasiones, y que fue llevado al extremo haciendo que el poseído fuese el propia hijo en “Rosemary’s Baby” (La semilla del diablo, 1968) dirigida por Roman Polansky, que tendría su continuación conceptual en “The Omen” (La profecía, 1976) de Richar Donner, surgida a su vez a raíz del éxito que había tenido otro hito en el ámbito de las posesiones, “The exorcist” (El exorcista).

En el caso de El Resplandor, Kubrick no deja claro a qué carta juega, si a la del hotel que la familia tiene que cuidar y mantener, y donde algo va a empezar a crecer y desarrollarse; o al terreno abonado a la locura de un personaje con sus propios demonios interiores, ex alcohólico y con indicios de maltrato a su hijo.

“Mi marido había estado bebiendo y llegó a casa unas tres horas tarde. Así que aquella noche no estaba de muy buen humor. Danny había esparcido sus papeles por toda la habitación y mi marido le agarró del hombro para sacarlo de allí. Es el tipo de cosa que uno hace a menudo con un niño, ya sabe, en el parque o en la calle. Pero en esta ocasión mi marido empleó demasiada fuerza y le lastimó el brazo. Pero en todo esto hubo algo positivo, porque él dijo “Wendy, no volveré a probar el alcohol. Y si lo hago, puedes separarte de mí”. Y no lo ha hecho. No ha bebido alcohol en 5 meses.”

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La historia discurre por el proceso de transformación de Jack, que va perdiendo los nervios ante una serie de situaciones cada vez más inquietantes. Lo cierto es que desde que vemos a Jack, sabemos que es una bomba de relojería. La película no juega con la idea de qué va a pasar, sino de cuándo va a pasar.

Precisamente, uno de los reproches que Stephen King hace de la película es la elección de Nicholson como protagonista. En opinión de King, desde el primer momento en que le vemos, ya sabemos que está como una cabra.

Yo creo, sin embargo, que Nicholson ayuda con su histrionismo a hacer todavía más creíble ese proceso de transformación, y con esa mirada fija en el vacio primero, y desquiciada después, consigue crear algunas de las imágenes icónicas de esta película. Ningún aficionado al cine desconoce la cara del actor asomada al hueco que el hacha ha dejado en la puerta del baño.

Al personaje de Jack le acompaña su mujer Wendy (Shelley Duval) que se nos presenta como vulnerable y muy condicionada por las decisiones de su marido. Parece que Kubrick quería resaltar el machismo como un elemento más en la relación familiar. Se ha hablado mucho de las presiones del director hacia la actriz y de extremos como la secuencia del bate de beisbol y la escalera (una de las secuencias que más tomas ha exigido nunca por parte de un director de cine). Todo ello para que ella no actuase como una mujer aterrada, sino que estuviese, literalmente, aterrada.

El proceso de Jack en su camino a la locura, corre paralelo a la angustia y el miedo de su familia. Cada vez más aislados, (Jack se ha encargado de romper la comunicación con el exterior, como la radio y el teléfono), y cada vez más angustiados (esos paseos del niño en su triciclo por los pasillos del hotel) la historia nos conduce a un final donde estalla la violencia. Y tratándose de Kubrick, no es una violencia cualquiera.

Querida. Sol de mi vida. No voy a hacerte daño. No había acabado la frase. Dije, no voy a hacerte daño ¡sólo voy a aplastarte los sesos! ¡Aplastaré tus jodidos sesos!

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La película admite, además, muchas lecturas y varias complejidades. Algunas interpretaciones son cuando menos curiosas. Por ejemplo la de que siempre estamos viendo las dos caras de una misma moneda. O expresado de otro modo, asistimos a una historia donde la dualidad es la única explicación que tendremos, si es que buscamos alguna.

Esta es una de las grandes diferencias de la película con respecto al libro. En aquel la maldad residía en un hotel construido sobre un cementerio que actuaba sobre sus ocupantes. Aquí a esa maldad, se le agrega una exploración sobre ese componente tan humano como es la dualidad. La encontramos en “Danny y su amigo imaginario Tony” por un lado, en “las dos niñas gemelas” que se le aparecen a Danny en uno de sus viajes en triciclo por los pasillos del hotel; en “la mujer, joven y anciana”, de la habitación 237, y cómo no, en “los dos Jack del relato”, el escritor de temperamento difícil, y el que siempre ha estado allí en el hotel, y que no es más que la el lado oscuro de todo ser humano.

Otra interpretación también singular es la que hace referencia a la memoria y el pasado

El resplandor de Danny es algo así como un aviso sobre algo horrible que ha ocurrido y que podría volver a ocurrir. Es por ello que Danny intenta protegerse junto a su madre de Jack, quien también ha sido testigo de la visita del pasado en la habitación 237, pero al contrario que su hijo, no lo toma como una advertencia, sino que sucumbe ante el poder de atracción de ese universo fantasmagórico que inunda el hotel. Está ignorando la historia. Está condenado a repetirla

– Sr. Grady ¿no fue usted vigilante de este hotel?
– No, Sr. Me parece que no.
– Está casado, ¿verdad?
– Sí. Tengo mujer y dos hijas.
– Y ¿dónde están ahora?
– Por aquí. No le sabría decir exactamente.
– Usted fue vigilante aquí. Le he reconocido. Vi su foto en los periódicos. Usted cortó en pedacitos a su mujer y a sus hijas y después se voló los sesos.
– Qué extraño. No conservo ningún recuerdo de eso.
– Sr. Grady usted fue vigilante aquí.
– Siento mucho disentir pero el vigilante es usted. Usted ha sido el vigilante siempre. Y lo sé muy bien. Yo he estado aquí siempre.

Nuevos visionados nos van descubriendo nuevos matices, y como no podía ser de otra manera, las interpretaciones sobre los posibles significados han ocupado mucho tiempo y neuronas del personal obsesivo de turno. En mi opinión, todas caen en ese mal tan extendido en el cine en general, y en el de terror en particular, de querer darle una explicación a todo.

Algo de lo que precisamente huye esta película.

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“El Resplandor” es una película de fantasmas pero sin fantasmas. Kubrick no creía en lo sobrenatural y su película se instala en los propios terrores de los protagonistas, dejando muchas puertas abiertas y muchas dudas.

Treinta y seis años después, la película todavía nos perturba y nos inquieta en cada fotograma. Personalmente creo que estamos ante uno de los últimos films de terror con talento, prestigio y trascendencia.

A partir de ahí, salvo honrosas excepciones, el terror por y para adolescentes ha ido ocupando las pantallas y despojando de contenidos los argumentos. Los gritos han ido sustituyendo a los escalofríos. En “The Shinning” no hay adolescentes dispuestos a ser asesinados de formas y maneras más o menos originales, sino una historia que gira en tornos a una familia, tres personajes, que va a ser devorada por los demonios interiores y exteriores.

Esta película es una suma de muchos talentos, y cómo no mencionar la exquisita banda sonora con temas de Bela Bartok o Berlioz y arreglos, una vez más, de Wendy Carlos, y por supuesto, el elegante uso de la steadycam —invento de Garrett Brown— que sobre lo que Kubrick definió como una alfombra mágica, contribuyen a que nos deslicemos hasta el mismísimo centro del terror, aquel que habita dentro de nosotros mismos.

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