EL CLUB DE LOS 40

Hace menos de dos años, Nagore, una amiga de la cuadrilla, cumplía 40. La edad que nuestra generación asocia definitivamente con el final de la juventud. Y con juventud quiero decir, sobre todo, esa etapa de la vida en que sentimos que casi todo es posible todavía: conseguir lo que anhelábamos cuando teníamos veintitantos, cambiar de trabajo, encontrar otro amor, vivir en otra ciudad…

Los 40 cumplen la función simbólica de la madurez: a partir de aquí, lo que venga serán variaciones sobre lo que ya somos. Ampliaciones o pérdidas, pero cambios en un terreno ya acotado. Nuestra máquina de deseos sigue activa, claro, aún tenemos metas y alimentamos esperanzas, aún hay cartas por repartir, pero sabemos, porque la experiencia y la pérdida de energía nos avisan, que el camino se va estrechando. Así que uno ya no mira sólo al futuro como hacía hasta ese momento casi siempre, sino que empieza también a mirar al pasado.

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Para celebrar sus 40 años, Nagore organizó una fiesta temática. Y el tema era El club de los Cinco (The Breakfast Club, 1985): ir disfrazados, música de la época… Me pareció una elección muy acertada para una fiesta de “cuarentena”. Porque El club de los Cinco es, ahora mismo, El club de los 40. La película escrita, producida y dirigida por John Hughes quedó grabada en la memoria de toda una generación junto al resto de las grandes referencias ochenteras.

Es la película que sentó las bases de nuestra idea de un instituto norteamericano, ese universo de taquillas, timbres que llaman a clase, comedores con bandejas y pasillos en los que tienen lugar las escenas de abusones y las primeras miraditas y acercamientos chico-chica carpeta al pecho. Nos parecía una versión mejorada de nuestro mundillo adolescente.

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En este punto El club de los Cinco es metacine juvenil, ya que sus cinco protagonistas representan a otros tantos arquetipos clave del instituto, y que uno de los personajes define así en su redacción: el criminal (John Bender-Judd Nelson), la princesa (Claire Standish-Molly Ringwald), el cerebro (Brian Johnson-Anthony Michael Hall), el atleta (Andrew Clark-Emilio Estévez) y un caso clínico (Allison Reynolds-Ally Sheedy), o sea, una precursora de lo que hoy llamaríamos friki.

Los cinco están castigados un sábado por distintos motivos, tutelados por el director del instituto, el señor Vernon (interpretado por John Gleason). Deben recapacitar sobre su comportamiento y escribir una redacción. No se conocen personalmente, y al principio chocan y discuten, sobre todo ante las provocaciones y chulerías de Bender, el malote. Pero pronto surgirá entre ellos un vínculo, una solidaridad de grupo.

Aunque en apariencia son distintos, se dan cuenta de que en realidad comparten mucho más de lo que creen: su rebeldía ante una autoridad injusta, la difícil relación con unos padres que o los ignoran o los empujan a una autoexigencia agobiante y destructiva, y, sobre todo, el deseo de que les escuchen y les permitan ser quienes son sin someterse a ideas y valores impuestos. Vamos, la esencia misma del choque del adolescente con el mundo y con su propia personalidad en construcción.

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Pero lo mejor de El club de los Cinco es la manera en que desarrolla este material más o menos manido hasta dotarlo de un encanto especial, sostenido sobre todo en la química que se crea entre los protagonistas. Partiendo de una situación y un tono que a nuestros ojos, hoy, puede resultar muy naif, los personajes superan un esquema tópico gracias a sus conversaciones y confesiones. Es una película que sorprende por lo dialogada y discursiva que es, tratándose de una historia de adolescentes.

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Las gamberradas y acciones (pocas) están al servicio de este descubrimiento mutuo de los personajes, que se da mientras hablan entre sí. Se sinceran, se abren, se cuentan sus secretos. Ya no son el empollón, el guaperas, el macarra, la pijita y la rara, sino Brian, Andy, Bender, Claire y Ally. Porque no sólo los demás los veían desde el estereotipo. También ellos se veían así, como representantes de tribus que no se mezclan. Pero ahora se conocen y son capaces de ver en los demás a alguien real, y de descubrir en ellos cualidades distintas a las suyas y que les atraen. Ya no están solos.

Lo que parecía una situación previsible de personajes esquemáticos se convierte en una experiencia transformadora bien desarrollada por el guion de Hughes, que le transmite verdad con ese punto de transgresión no tan inocente para la época: referencias sexuales, marihuana, maltrato paterno… Creo que ahí es donde brilla la fuerza creativa y la frescura del cine de los ochenta, de la que El club de los Cinco es un buen ejemplo: en esa mezcla de inocencia y atrevimiento. Dos cualidades que hoy seguramente echamos de menos, y no sólo por motivos generacionales. Y que hacen que la película resista bien el paso del tiempo.

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El resto, no cabe duda, lo hacen nuestros cuarenta tacos. La punzada de querer volver a un tiempo en el que aún todo era posible.

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