POR QUÉ NO NOS CANSAMOS NUNCA DE VER ‘GHOST’

–Yo no creo en eso de la vida después de la muerte.
–Dile que se equivoca.
–Dice que te equivocas.

El cine de los 90 no quería dejar fuera a nadie. Sus conflictos eran universales, su narración era accesible y sus emociones eran primarias. Los padres, e incluso los abuelos, podían disfrutar, comentar y recomendar las mismas películas que sus hijos. Hoy los dramas adultos (que se han ido volviendo más elitistas) ahuyentan a los jóvenes, y los blockbusters (que se han ido simplificando) aburren a los cinéfilos. Hoy el cine de prestigio y el cine comercial son dos cosas distintas. Pero en los 90, antes de que el cine independiente corroyese el sistema de Hollywood, las películas no eran de nicho, sino eventos masivos que aspiraban a conquistar a todo el mundo y de los que todo el mundo hablaba. Y el mejor exponente de ese modelo de cine es Ghost. Un drama adulto para todos los públicos que, con 505 millones recaudados, se convirtió en la tercera película más taquillera de la historia.

Daba igual quién fueses, de dónde vinieses y lo que buscases en la vida. Ghost tenía algo para ti. Es un todo a cien: entras en ella sin necesitar nada y de repente todo lo que vende te viene fenomenal. Ghost supuso una encantadora sorpresa primero, un fenómeno social después y finalmente marcaría la educación sentimental de nuestra generación. Este triunfo tiene especial mérito al tratarse de una premisa (se mire por donde se mire) demencial, surgida durante un mal viaje de drogas alucinógenas. Su secreto resulta fácil de explicar hoy, pero imposible de planear con antelación: a lo largo de sus dos horas, Ghost alberga todos los géneros básicos del cine. “Lo tiene todo”, en este caso, no es una frase hecha. Ghost lo tiene literalmente todo.

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Es un drama

Una pareja de jóvenes atractivos ve truncado su futuro cuando un atracador asesina a Sam (Patrick Swayze) en un callejón cuya iluminación por otra parte ya olía a muerte segura, ante la impotente desesperación de su novia, Molly (Demi Moore) . Todo lo que sucede en la película (y suceden muchas cosas) estará impregnado de la angustia y el duelo de Molly, por lo que Ghost ostenta un lugar de honor en ese museo del sadismo emocional que conforman las “pelis para llorar”, casi un género en sí mismas. No en vano, los cines de México regalaban un paquete de kleenex con la entrada, aunque sólo a las mujeres, eso sí, porque por lo visto los hombres mexicanos no tienen lagrimales. Quien sí que los tiene, y muy bien amaestrados, es Demi Moore. La actriz consiguió el papel porque le prometió al director que era capaz de generar lágrimas a su antojo, ya fuera por un ojo o por los dos a la vez. No mentía. Las enormes lágrimas de Molly ilustraron la cabecera de Cine Cinco Estrellas durante años. La escena de despedida final explota el particular talento de Moore: su lágrima cae exactamente en el momento en el que dice “adiós”. La tragedia que cuenta Ghost es tan devastadora y cruel con sus protagonistas que si la película fuese sólo eso resultaría insoportable de ver. Pero hay más.

Para descubrirlo, sigue leyendo el artículo aquí.

* Capítulo dedicado a Ghost  en el libro, ‘Generación Titanic. El libro del cine de los 90‘, donde Juan Sanguino analiza las claves de su éxito.

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