ZINEMALDIA 2015: EVOLUTION: ¿PELÍCULA DE FESTIVAL?

Evolution (2015), la segunda película de la directora francesa Lucile Hadzihalilovic, a concurso en la Sección Oficial del último Festival de Cine de San Sebastián, no dejó indiferente a nadie. Otro tanto puede decirse de su primer largometraje, Innocence (2004), que en su estreno en Donostia se llevó el Premio Nuevos Directores.

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Evolution nos cuenta la historia de una inquietante comunidad de madres hieráticas y cuasi-clónicas que en una isla de paisaje volcánico (la película se rodó en Lanzarote) cuidan cada una de ellas a un hijo aquejado de una supuesta enfermedad nunca definida. La película se sitúa en lo fantástico y casi onírico, con una estética viscosa y algo Cronenberg, plasmada en una realización muy cuidada y a menudo deslumbrante en la que abundan los planos de exquisita composición, llenos de un lirismo insano. No cabe duda de que la estética de la película es poderosa. Pero también es cierto que el guion avanza con excesiva morosidad y algo de indefinición, que no por buscada termina de funcionar. La reacción del público se reparte entre ambas sensaciones, pero tengo la impresión de que, al menos en el pase del Zinemaldia al que asistí, el aburrimiento ganó a los puntos (admito que fue así en mi caso).

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Surge entonces una pregunta que asoma con frecuencia (sobre todo en los festivales) ante propuestas cinematográficas que se apartan del estilo y las historias más habituales: ¿es Evolution una película “de festival”? En principio lo que se quiere decir con ello es que es una película minoritaria, que gustará a unos pocos entendidos (entre los que puede abundar el postureo) y que, por mucho que la adornen cualidades como una realización impecable o un deseo de innovar, en el fondo son aburridas. Películas que pueden sobrevivir en el hábitat protegido de los festivales o las filmotecas, pero no en las pantallas del “mundo real” (cines comerciales y televisión). Bajo este reparo se oculta seguramente el verdadero reproche: pensar que estas películas son no pocas veces un ejercicio artistoide sin conexión con las inquietudes y gustos del público.

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Creo que es una opinión injusta, pero sobre todo creo que es empobrecedora. La experimentación, la búsqueda de nuevas maneras de expresión, la voluntad de ampliar formas y estilos es fundamental para que el cine, como cualquier otra manifestación artística, no caiga en el cliché, en lo formulario y previsible. De hecho puede que en el cine, en comparación con otros lenguajes, sea mayor el peso de subgéneros recurrentes y de estructuras narrativas que podríamos llamar clásicas. El resultado es un horizonte de expectativa bastante limitado por parte de los espectadores, a los que nos cuesta mucho salir de nuestra zona de confort. Y muchas veces, cuando lo hacemos, condenamos rápidamente como “aburrido”, “pedante” o “pretencioso” lo que acabamos de ver. Puede que a veces sea así, pero sospecho que al menos otras tantas somos ciegos voluntarios, espectadores poco dispuestos a entrenar el gusto y ampliarlo. Por mucho que nos entendamos cuando oímos o usamos “película de festival”, en realidad es una expresión vacía. Buen o mal cine, cine que emociona o que propone, que divierte o hace pensar, que busca aunque no siempre encuentre: eso es lo importante. Y acercarse al cine sin etiquetas. Es la mejor manera de disfrutarlo.

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