PODRIA SER PEOR… PODRÍA LLOVER

 

Esta es una famosa frase que Igor (pronúnciese Aigor), ayudante del prominente doctor Frederick Fronkonstein, pronuncia mientras ambos desentierran el cadáver al que luego el doctor dará vida. Por supuesto, como todos recordareis, inmediatamente empieza a llover de manera torrencial.

He utilizado la frase en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida. Y siempre que la utilizo, aunque sea en situaciones complicadas, se me pone una sonrisa en la boca. Es algo que tengo que agradecer a una película que, como alguien ha definido acertadamente, es una cura perfecta para la aflicción.

Mel Brooks, director, guionista y productor de carrera desigual, consiguió en este film transmitir toda su admiración y cariño por el original “Frankenstein” (1931) de James Whale y en general por el cine clásico de terror.

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Brooks recrea con acierto la estética de la época en relación a la película original. Se filmó en blanco y negro utilizando la misma tecnología que entonces. Para lograrlo cuenta con una fotografía (Gerald Hirschfeld) que genera una atmósfera lúgubre de grandes contrastes entre luces y sombras. Si bien se recrean momentos de suspenso del film original, nunca se pierde de lado la comicidad, el absurdo, el doble sentido o la ocurrencia en los diálogos (“Espere amo, puede ser peligroso, pase usted primero”) y los guiños autorreferenciales a cámara, que rompen con la transparencia del cine clásico. La banda sonora, a cargo del músico John Morris, fue escrita para el film, lográndose esa inconfundible melodía del violín que tranquiliza al monstruo. A la reconstrucción de época en el decorado general y el vestuario se sumó el uso de gran parte de la utilería del laboratorio de la versión de Whale, donde se realizó una de las escenas más importantes y trascendentes del film.

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Mel Brooks no sólo homenajea a Whale y al cine clásico de los treinta: También se trata de un homenaje a un género que los Estudios Universal se encargaron de realizar y perfeccionar: el cine de terror.

La incorporación del sonido y la llegada de actores, técnicos y directores inmigrantes proveniente de Europa en los años treinta supuso un avance importante para la industria, sentó las bases del cine clásico e hizo posible el desarrollo del género.

Entre esos directores estaba el propio James Whale, que llevó a la gran pantalla su versión cinematográfica deFrankenstein” (1931), basada en la novela de la escritora Mary Shelley (1797-1851) e interpretada por quien se transformó en un ícono del género, el británico Boris Karloff. El éxito de la película, lo llevó a continuar con la misma temática cuatro años más tarde con “La Novia de Frankenstein” (1935). Ese inicio exitoso dio lugar a la realización de múltiples y diversas versiones, buenas y malas,  sobre la historia de Frankenstein.  

Es el momento del nacimiento del cine de género. En este caso los horror films, que fueron estableciendo sus códigos propios. El tipo de discurso narrativo y la estética que utilicen serán también reconocibles por el espectador. Hay características compartidas que se reiteran de una cinta a otra con fórmulas probadas y aprobadas que garantizan su efectividad.

Como curiosidad en torno a la mitología cinematográfica de Frankenstein, las dos películas que realizó Whale para la Universal van precedidas de sendos prólogos explicativos para, en cierto modo, “prevenir” sobre los peligros de la ciencia y moralizar sobre el castigo que implica querer igualarse a Dios. Sin embargo la productora dejará este gran tema en segundo plano (y el conflicto entre el creador y su creación) y dará prioridad a la fundación de una iconografía cinematográfica, dando el protagonismo al monstruo visto como una criatura aparecida para alterar la paz de la comunidad.

Así quedaba fundada una clave argumental para toda la serie Universal: la auténtica estrella de las películas sería el monstruo, cuya popularidad le permitiría incluso usurpar el nombre de su creador. Ante la sorprendente reacción del público, que desde el éxito absoluto del primer film tendió a identificar erróneamente el nombre de Frankenstein con el de la criatura, la Universal jugó ambiguamente con el título de la segunda parte “The bride of Frankenstein (La novia de Frankenstein)” (1935) que, pese a contener una referencia real a Elisabeth, la prometida del científico, aludía implícitamente a la compañera del monstruo.

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Todo este material y toda esta historia es la que Mel Brooks se dedica a parodiar, transgrediendo lo establecido por el género. Y lo hace con una premisa: la diversión sin complejos. Pero Brooks lo hace con la gran ventaja de un formidable guión, que armaron él y su amigo Gene Wilder. Así, un desprejuiciado homenaje/parodia/revisión del mito cinematográfico de Frankenstein, filmado con la intención de demoler todos los arquetipos y todos los lugares comunes de las diversas películas sobre la legendaria creación de Mary Shelley, se convierte, a fuerza de talento y de ingenio, en una gran película sobre el monstruo, y sin que el tono manifiestamente gamberro diluya lo más mínimo la gótica atmósfera centroeuropea de clásico cuento de miedo.

La película, en cualquier caso, no es nada sin el trabajo de todos sus intérpretes. Primero el doctor Frederick Frankenstein (un espléndido Gene Wilder), que prefiere que su nombre se pronuncie “Fronkonstein”, para distanciarse de su abuelo. Este acaba viajando a Transilvania (que no tiene que ver con el mito de Frankestein sino con Drácula, pero a quién le importa). Nada más bajar del tren asistimos a la legendaria aparición de Igor / Aigor, interpretado por el genial cómico británico Marty Feldman, cuyos saltones ojos estrábicos y sus peculiares andares son lo más recordado de la película. Su surrealista conversación sólo es el prólogo a la presentación de Inga (maravillosa Teri Garr) o de Frau Blücher (impresionante Cloris Leachman), cuyo mismo nombre pronunciado en voz alta provoca rayos y truenos y el relinchar de caballos aterrorizados, y cómo no, del monstruo (inmenso Peter Boyle), cuya recreación es tan espectacular y al mismo tiempo tan de coña.

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Hay películas perfectas para una tarde lluviosa o una noche apática. Pero mejor aún, para verlas en compañía. Disfrutando de una comedia llena de frases ingeniosas y divertidas, donde todo funciona, y funciona milagrosamente, porque el cine de comedia lo han controlado unos pocos pero lo han pervertido muchos.

Y no es posible terminar este post sin un sincero homenaje al desparecido Gene Wilder (aclaración necesaria: la decisión de proyectar la película se tomó, como siempre en dura discusión, a principios de verano, antes del fallecimiento de Wilder).

Fue un actor destacado de la comedia de los años setenta. Además de protagonista de “El jovencito Frankenstein”, en su carrera también destacan colaboraciones con Mel Brooks como “Sillas de montar calientes” o “Willy Wonka y la fábrica de chocloate”, dirigida por Mel Stuart.

Wilder formó una pareja de éxito con el cómico Richard Pryor, con el que interpretó el eterno juego de los contrarios: el judío y el negro; el cándido y el pícaro; el bueno y el chulo. Juntos protagonizaron películas como “El expreso de Chicago” yNo me chilles que no te veo”, las películas de más éxito de público en la carrera del actor. Después su carrera fue aterrizando. Hizo La mujer de rojo”, más recordada por la banda sonora que por su historia, se casó, escribió libros y se retiró del cine en 1998.

Qué mejor que despedirse con este genial dialogo entre e Igor (Marty Feldman) y Frederick Frankenstein (Gene Wilder)

«¿Doctor Frankenstein?»

«Fronkonstein».

«¿Me toma el pelo?»

«No, se pronuncia Fronkonstín».

«¿Dice usted también Frodorick?»

«No, Frederick».

«¿Por qué no es Frodorick Fronkonstín?»

«Porque es Frederick Fronkonstein».

«Muy bien».

«Usted debe de ser Igor».

«No, se pronuncia Aigor».

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