EDUARDO MANOSTIJERAS, EL HORROR DE LO COTIDIANO

 

“Así que el hombre se quedó abandonado, incompleto y completamente solo”.

En una fría noche de invierno, en un pueblo en el que no debería nevar, una anciana le cuenta a su nieta una historia que explica el sentido de los copos de nieve que caen en el exterior. La anciana, recostada sobre su vieja silla, comienza la historia del origen de la nieve en ese pequeño pueblo lleno de casas unifamiliares, en cuya cima más alta se yergue un caserón oscuro rodeado de jardines. Y de repente, ya estamos metidos de lleno en el cuento de Eduardo Manostijeras (1990), una de las mejores películas de Tim Burton, y cuyo mayor valor reside en una atrevida pero exitosa mezcla de estilos.

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Precisamente el director no escondió la adscripción de la película al género de los cuentos; muy al contrario, incluyó en ella ese prólogo y un epílogo de la anciana explicando a su nieta toda la historia. La propia narración tiene la estructura de un cuento de navidad. Un joven creado mecánicamente por un inventor a partir de una máquina de hacer galletas, una clara ensoñación sobre un mundo de fantasía. A medida que lo iba construyendo, el anciano inventor le educaba. Pero el corazón le falla antes de terminar su obra y deja al joven incompleto. Con tijeras en lugar de manos.

La visualización que hace Burton para la historia se caracteriza por el alejamiento de los códigos naturalistas. Esto se refleja en el encuadre de las escenas, en un argumento unidimensional, igual que los personajes y el decorado, y en la limitación a pocos efectos y elementos decorativos.

Todos estos ingredientes nos quieren sumergir en un mundo de cuento. Pero un cuento gótico, paródico, que abre sus puertas a muchas otras lecturas.

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Una de esas lecturas a las que juega Burton es la de la Bella y la Bestia. No pretende ser una adaptación de esta historia, pero el motivo sí que aparece con fuerza acompañado de algunas de las claves del cuento. Entre ellas la división de la realidad en dos mundos: el de la sociedad donde vive la familia de la Bella, y el palacio encantado donde vive la Bestia, un ser artificial que ha sido sometido a una maldición inicial, su inventor murió sin terminarlo.

Este héroe condenado a la soledad recibe un día la visita de la madre de la protagonista (interpretada aquí, como en Dracula de Bram Stoker, por Wynona Ruder), una vendedora de productos de belleza, que al encontrarlo solo y desvalido se lo lleva a su casa, con la intención de integrarlo en la comunidad.

El autómata inacabado representa la bondad en estado puro, el “buen salvaje”. Carece del rasgo más humanizador o civilizador del cuerpo: las manos.

En su descenso a la comunidad, Eduardo representa también la creación artística frente a la vulgaridad y la monotonía. La “bestia” tiene mucho de genio solitario. Es incomprendido por la sociedad que le rodea. También la Bella, que acaba rendida a la bondad del monstruo, tiene un papel decisivo cuando, contra la hipocresía social en que vive, protagoniza el famoso abrazo con Eduardo, una de las imágenes más emblemáticas del film.

Los últimos minutos son equiparables al final del Drácula de Coppola: la caza del monstruo en el interior de su propio palacio y la interposición de la Bella contra su mundo de origen.

Un comentario añadido. Esta película fue rodada en pleno auge de los tiempos del sida. Y son muchas las referencias que se han buscado en ella: desde el semblante pálido como si se tratase de un enfermo, hasta el arrinconamiento del personaje por los demás a causa de la presunta peligrosidad de sus caricias.

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Como película gótica, Eduardo Manostijeras es el punto de encuentro de diversas tendencias. Esta obra es simultáneamente hija de la tradición gótica europea, claramente de la novela Frankenstein, de Mary Shelley, y de la película homónima de 1931 dirigida por James Whale (cuya versión gamberra de Mel Brooks pudimos disfrutar en la anterior sesión de Bang Bang). Incluso la elección del gran ídolo de Tim Burton, Vincent Price, para interpretar al Inventor/Creador de Eduardo parece todo un homenaje a las pintorescas adaptaciones que el director Roger Corman hizo de los relatos de Poe en los años 60, (especialmente de “La caída de la casa Usher”). Y ¿por qué no encontrar también reminiscencias en la saga “Pesadilla en Elm Street” entre las manos de tijera del personaje y las afiladas cuchillas que adornan las de Freddy Kruger? Como seguro sabéis, además Johnny Deep hizo su debut en el cine como víctima de Kruger en la primera entrega.

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Por último, quizás el principal interés de Burton es resaltar las fuerzas devastadoras que la familia y la comunidad pueden desatar sobre el individuo. El modo en que uno es percibido es relativo, ya que depende más del observador. Y este es el tema principal de la película, el “descenso” del personaje a la comunidad corrupta, envidiosa y vulgar.

Esto se subraya desde las primeras imágenes, que enfrentan la perfección geométrica de las líneas rectas que caracterizan la urbanización, al burtoniana goticismo y expresionismo con matices de Gaudí del castillo “encantado” en el que habita Eduardo.

La inserción de Eduardo en la hipócrita sociedad que campa a sus anchas por el vecindario se establece en tres tiempos, que el filme va mostrando paulatinamente: aceptación, ruptura y rechazo.

En el primero, la morbosa fascinación por el extraño hace que tanto la familia Boggs como sus “amigos” acepten a ese freak en el seno de sus reuniones sociales, intentando reeducarlo para convertirlo en una pieza “normal” más de su vida cotidiana.

El segundo escalón, el de la ruptura, se expone tanto en el rechazo de Eduardo de las insinuaciones sexuales de uno de los personajes, como el robo en el que se ve envuelto el protagonista, de nuevo cargado de ironía, y la confusión que se genera cuando éste le salva la vida al pequeño de los Boggs, mientras todos creen que le está atacando.

Y llegamos así al final, a la expulsión de lo que Eduardo supone por parte de esa sociedad en la que Burton vierte todo su cinismo. Un momento que comporta el trágico final de una historia de amor que ha ido desarrollándose a lo largo de la cinta entre los personajes de Johnny Depp y Winona Ryder y que, habiendo alcanzado su más bella visualización en la secuencia del baile bajo la nieve de la segunda (papel importantísimo de la banda sonora de Danny Elfman en esta escena y el resto del filme), se dirige hacia su inevitable destino. A fin de cuentas, no estamos aquí hablando de un personaje como la Bestia del cuento, capaz de volver a ser humano a través de la redención, sino de un monstruo que es desterrado sin remordimientos por un grupo incapaz de ver la bondad y belleza que alberga su interior.

Y así termina este cuento, que también tiene sus propias contradicciones, porque al fin y al cabo es un producto de Hollywood que se dirige en parte al mismo público que satiriza: la familia americana blanca de clase media que habita en casitas de cartón.

En cualquier caso el éxito popular no es incompatible con las preocupaciones compartidas por muchos, quizás todo lo contrario. Aquí podemos apreciar una queja auténtica sobre el rechazo hacia lo diferente.

El horror muchas veces no se genera en lo sobrenatural ni en lo extraordinario, sino en lo ordinario y lo cotidiano.

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