LARGO Y TORTUOSO ES EL CAMINO

 

John Milton escribió: “Largo y tortuoso es el camino que conduce de la oscuridad a la luz”. Sólo estoy de acuerdo con la primera parte. La frase pertenece a “El paraíso perdido”, una obra muchas más veces citada que leída y que tiene su papel en este film sombrío y visionario en el que la luz, por otra parte, apenas tiene presencia.

Todas las horas de catequesis con las que, en nuestra infancia, intentaron hacernos memorizar mandamientos y oraciones, no fueron tan efectivas como los 127 minutos que dura Seven. 

Repasemos lo aprendido.

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ENVIDIA. La que sin duda sintieron muchos ante el poderío de David Fincher, que despliega todas sus virtudes y define sus señas de identidad: cuidada puesta en escena, creación de atmósferas oscuras, dirección de actores, uso de las tecnologías… Aglutina y reformula todas las constantes del thriller y del drama policiaco para crear algo que va más allá y que será mil veces imitado. Porque Seven cumple la fórmula del thriller clásico, provocar tensión, pero lo hace en grado superlativo, con un discurso apocalíptico que desmenuza sin compasión los clichés del género. Como ejemplo los créditos de la película, que además de pasar en dirección contraria a lo habitual, marcaron un antes y un después, convirtiéndose en unos de los más copiados y recordados. Todo aquí tiene un aire de reinvención, desde una narrativa totalmente personal hasta la integración de las decisiones de la fotografía y el diseño de producción en el viaje emocional de los personajes.

GULA. De la industria de Hollywood y su público. Cuando algo triunfa parece que los espectadores se transforman en insaciables  y vuelven por más de lo mismo. Y qué más quiere la industria, encantada de no  tener que pensar nuevas ideas. Los asesinos en serie funcionan desde Psicosis (1960) y se juega con que el espectador sabe que habrá más asesinatos y siente una morbosa curiosidad por descubrir cuándo y cómo van a suceder. Pero Seven, como previamente “El silencio de los corderos” (1991), da un giro al narrar las devastadoras y obsesivas consecuencias que tendrán los crímenes en los investigadores. Eso sí, volviendo a despertar el apetito y la repetición con la que después llegaron,  entre otras muchas, “Copycat” (1995) “El coleccionista de huesos”(1999),  o “La hora de la araña”(2001)”,  que pretendieron seguir, con más desatino que acierto, la estela de la película de Fincher, aprovechando el tirón y legando muchos de ellos una simple dosis de violencia gratuita.

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SOBERBIA. La arrogancia intelectual del asesino en una película, por otra parte, llena de referencias culturales. Empezando por la ya citada frase de Milton, para continuar con Shakespeare y “El mercader de Venecia” (al abogado que tiene que cortarse una libra de carne como el judío usurero Shylock). La película hace también alusiones a los “Cuentos de Canterbury” de Chaucer y a la “Divina comedia” de Dante.  Y cómo no, la escena en la que Somerset acude a la biblioteca para documentarse intentando aprender cómo funciona la mente del asesino y suena la “Suite número 3” de Bach mientras el detective recorre las estanterías o fotocopia los libros. El asesino de Seven escribe sin parar en sus diarios,  intentando justificar su crítica a un mundo pecaminoso y decadente, del que pretende desenmascarar a martillazos la hipocresía: “Qué títeres tan ridículos somos y qué vulgar el escenario en el que nos movemos” (¿no recuerda al Travis Bickle de “Taxi Driver” ?)

AVARICIA. Codicia. Ambición. Egoísmo. Miseria. Sordidez. Términos análogos que encajan perfectamente en el retrato de los habitantes de esa ciudad gris, con calles colapsadas por el tráfico y llenas de gentes de todo pelaje, y pasadizos de mala muerte. La ciudad es un personaje más, en la que, con cada uno de los detalles que se van revelado, descubrimos una sociedad  profundamente deshumanizada. La anécdota sobre un ladrón que, además de robar la cartera, apuñala en los ojos a su víctima;  aquello de gritar “!fuego!” ante un intento de violación porque si pides ayuda nadie acudirá a socorrerte; el detalle de que la víctima de la pereza era el inquilino ideal para cualquier casero; el portero del antro que, ante la pregunta de si alguno de sus clientes son raros, señala que en realidad todos los son pero que “así es la vida”… Muchos años después de su estreno, este sigue siendo un retrato demoledor sobre las miserias humanas.

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LUJURIA. Algo que no podía faltar estando por medio Gwyneth Paltrow y Brad Pitt, que eran pareja cuando rodaron esta película. Brad Pitt se atrevió con un reto dramático sin concesiones que contrastaba con la imagen etérea que tenía hasta entonces, y demostró que no sólo era guapo sino que también era un buen actor. Por su parte Gwyneth Paltrow, la única presencia femenina relevante de la historia, proporciona los insólitos momentos  de calma que nos ofrece la película, y nos presenta un personaje con una dosis de ambivalencia, desde la calidez de las escenas de hogar a la angustia y tristeza que confiesa ante Somerset.

PEREZA. Otra vez una peli con pareja de policías. Negro y blanco, joven y viejo. Parece que van a contarnos una historia que ya nos han contado muchas veces. Pero nada más alejado de la realidad. Con estos mimbres clásicos y corrientes en el género, Seven se revela también en esto como un thriller distinto por la riqueza de los personajes y la insuperable  puesta en escena que les acompaña. Somerset (Morgan Freeman) es un poli a punto de jubilarse, que es reflexivo, riguroso, pulcro y con una actitud estoica ante la vida y el mundo. David Mills (Brad Pitt) encarna la otra cara de la moneda: es impulsivo,  arrogante, inexperto.  La dualidad y sus maneras opuestas de ser y de actuar les llevan a un desenlace común engrandecido con la aparición del asesino. Son personajes que no están al servicio de la acción, sino por encima de ella.

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IRA. Acumulada a lo largo de la película. Porque  Fincher hace un planteamiento tan feroz para mostrarnos un mundo turbio y sombrío que se graba en nuestras retinas para siempre, haciendo de Seven una película difícil de olvidar. Un reflejo de la decadencia moral y social. El detective Somerset dice en un momento de la película: “Esto no puede acabar bien”. Y así es. Es uno de los finales más impactantes que se recuerda, valiente y antológico, que deja un sabor amargo porque a lo largo de la historia ya nos han ido despojando de toda esperanza. El cine recobra su capacidad para convertir los terrores de nuestra sociedad en una parábola de la inseguridad ciudadana, de la imposibilidad de sofocar el lado siniestro de la humanidad. Un mundo turbio y poco acogedor, con muy poco espacio para la esperanza. El “mal” y el “bien” se funden en un instante final, indisociables. Ya no hay luz ni tinieblas, sino todo lo contrario.

 

Hemingway escribió en Por quién doblan las campanas: “El mundo es un buen lugar por el que merece la pena luchar”.  Sólo estoy de acuerdo con la segunda parte”.

 

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