LA MIERDA CONTANTE Y SONANTE DEL MUNDO

Si esta es tu primera vez en el Club de la Lucha… entonces tienes que pelear”

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Hace seis días, un hombre voló por los aires en el arcén de una carretera al norte de Wisconsin. No hubo testigos, pero parece que estaba sentado en la yerba junto a su coche aparcado cuando la bomba que estaba construyendo explotó accidentalmente. De acuerdo con los informes forenses que acaban de publicarse, el hombre murió al instante. Su cuerpo explotó en mil pedazos, y algunos fragmentos fueron encontrados a una distancia de 50 metros del lugar de la explosión. A día de hoy (4 de julio de 1990) nadie tiene idea de quién era el hombre muerto.

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Así comienza “Leviathan”, novela que Paul Auster escribió en 1992. He terminado de releerla hace unos días y sin saber muy bien por qué, he pensado en “El club de la lucha” (David Fincher, 1999). Puede que las bombas, cierto nihilismo y la idea de la revolución. Leviathan cuenta la historia de Benjamin Sachs, de su periplo vital que se inicia como escritor novel en Nueva York, y que acaba años más tarde en una carretera al norte de Wisconsin. Por el camino, y en eso me recuerda a la película, toma conciencia de la necesidad de “despertar” a una sociedad adormecida e indolente. Y lo hace al estilo Tyler Durden (co-protagonista de “El Club de la lucha”). Al principio con pequeños sabotajes, porque Benjamin Sachas se dedica a poner pequeñas bombas en las muchas réplicas de la estatua de la libertad en diferentes pueblos de los EE.UU. Quiere llamar la atención de sus acomodados compatriotas. Lo que comienza como una llamada de atención (y aquí está otro paralelismo con la película), va derivando en planes más considerables que tienen su final trágico en una carretera secundaria.

Después de este desvarío personal, en lo que se refiere a la película, debo confesar que mi última revisión me ha dejado con la misma impresión de desconcierto que ya tenía. Me produce sensaciones encontradas, tanto en lo referente a su estructura y desarrollo como a su mensaje y su argumento.

Yo veo en la película tres partes diferenciadas. Una primera muy potente en cuanto a discurso y ritmo. Una segunda más autocomplaciente cargada de testosterona. Y una tercera tramposa y que siembra mis dudas.

Eso sí, desde el punto de vista cinematográfico no le sobra casi nada. La película tiene toda la personalidad y el efectismo del cine de Fincher. Estética y visualmente es espectacular y osada.

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Fincher, que no fue la primera opción de los productores, se atreve con una novela “difícil” de Chuck Palahniuk, un escritor tan enrevesado como su apellido. Y lo hace sin complejos. Los títulos de crédito ya nos avisan de las intenciones del director y de su propuesta de un viaje lisérgico por el cerebro de un protagonista sin nombre (Norton), que es a la vez el cerebro de su desdoblada y nihilista personalidad, Tyler Durden (Pitt).

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A partir de ahí nos sumergimos en un mundo urbano lleno de claroscuros, planos digitales, luces… y hasta pingüinos. La fotografía tiene ese aspecto sucio, oscuro y mugroso acorde con esta historia violenta y agresiva. Muy del gusto estético de un director al que le gusta la oscuridad y los cambios de ritmo contínuos.

La banda sonora aporta el desasosiego que la historia reclama. Y es totalmente ecléctica. Encontramos a Tom Waits (Goin’ Out West) o los Pixies que cierran la película (Where Is My Mind). Y obligado mencionar la música instrumental de The Dust Brothers.

El club de la lucha” fue una apuesta arriesgada que recibió críticas dispares. Pero en cualquier caso es innegable que se ha convertido en una película de culto y de difícil encasillamiento, a medio camino entre la ficción y la realidad, entre la fantasía y el thriller psicológico. Una mezcla de sensaciones con una estética de video-clip impactante. A veces parece tomarse muy en serio a sí misma, y a veces parece reírse de todo y de todos. Lo único claro es que no deja a nadie indiferente

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El argumento nos presenta a un tipo sin nombre que trabaja para una aseguradora. Con una vida anodina y que, además, lleva seis meses sin dormir. Ante la desidia de su médico acaba “colándose” en grupos de autoayuda donde encontrará a Marla Singer, otra “infiltrada”. Con ella establecerá una relación de amor-odio. No mucho más tarde conoce a Tyler Durden, un tipo enigmático y carismático que se revela como una especie de anarquista. Juntos crean el Club de la lucha, donde todo tipo de perdedores parecen recuperar su autoestima a golpess. Los clubes se extienden por todos los EE.UU y Tyler acaba fundando el “Proyecto Mayheim” donde se va pasando de pequeños sabotajes a cuestiones más serias.

La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos para comprar mierda que no necesitamos. Crecimos con la televisión, que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas de rock. Pero eso no ocurrirá, Y poco a poco nos hemos dado cuenta. Y estamos muy, muy cabreados”

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Es una película violenta que busca crear un efecto en el espectador, no dejarle indiferente, “dar que hablar”. Y es cierto que lo consigue. Aunque no sepamos muy bien en qué registro juega, porque a veces parece una brutal ironía sobre el vacío de los valores sociales, y a veces parece ponerse seria deslizándose por consignas anarquistas o nihilistas.

Piensa. No evolucionas por llevar ropa. No dejas de oler mal por conducir un coche caro. No dejas de ser un mierda por tener un cuerpo perfecto. Acepta que eres el residuo más tóxico de la ambición del hombre y piensa. Piensa. Cómo destruir para crear”.

La película aborda múltiples temas mezclando sentencias basadas en filosofías variadas, desde Nietzsche a Freud, pasando por Jung. Algunos ejemplos

La religión. “Tienes que tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios, él nunca quiso tenerte. Con toda probabilidad él te odia, pero eso no es lo peor que puede ocurrirte. ¡¡ No lo necesitamos ¡¡ Que se jodan la maldición y la redención. Somos hijos no deseados de Dios”

El tema del super-hombre como autocreación, que es fundamental en el final de la película, cuando el protagonista se da cuenta de que ha creado su propio yo, su imagen del superhombre

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Existencialismo. Perderlo todo. El incendio del apartamento. “No eran sólo un montón de cosas que fueron destruidas, esas cosas eran parte de mí”. Para él sus posesiones son su identidad. Otra alusión al consumismo que atraviesa toda la película. Hasta que llega de nuevo la voz de Tyler para poner las cosas en su sitio: “Es sólo después de perder todo lo que tenemos cuando podemos hacer cualquier cosa”.

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El argumento juega con el nihilismo social y la decadencia contemporánea introduciendo un personaje (Tyler) que busca con su “terrorismo anticonsumista” implantar algo de caos en una sociedad indiferente. El lado oscuro de la vida, el amor como algo obsesivo y dependiente, el sexo banal y repetitivo. “Un instante es lo máximo que se puede esperar de la perfección”. Personajes marginales, tanto social como afectivamente, son los visitantes de ese sótano donde se repiten las 8 reglas del Club de la lucha. “Nuestra gran depresión son nuestras vidas”. Una generación sin revolución ni tampoco crisis ya que hablamos de personajes alrededor de los 30 años en 1999. Indiferentes ante la existencia, donde los instintos primarios desaparecen y todo gira en torno a la autocomplacencia.

“Piensa. Escoge. Lucha. Quema. Explota. Sangra. Siente. Destruye. Vive”.

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Todo este conglomerado ideológico nos abruma al principio de la película. Y va derivando en una vorágine de conceptos y actitudes algo exageradas que diluyen la idea de componer un mosaico contra la sociedad de la indiferencia. La película abre demasiados frentes que acaba cerrando de un portazo que, por lo menos a mí, no me convence.

Jabón y filosofía de manual aparte, la película es un título clave en el cine de finales del XX. Contundente y radical. O pretenciosa y disparatada. O feroz y alucinada. Elegid vuestros adjetivos y vuestros argumentos.

Y luego lo discutimos a hostias.

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